Entre las ruinas también habita el Ser.

Entre las ruinas también habita el Ser.

He visto caer muchas torres.

No sólo las del mundo, sino también las que cada uno construye con sus certezas, sus identidades y sus miedos. Todo aquello que creemos permanente termina, tarde o temprano, mostrando su naturaleza transitoria.
Los Yoga Sutras nos recuerdan que el sufrimiento nace cuando confundimos lo pasajero con lo eterno. Y quizá ese sea el mayor aprendizaje de este tiempo: dejar de aferrarnos a aquello que inevitablemente cambia.

Caminamos entre escombros buscando respuestas. Nos extendemos las manos unos a otros porque todos, de alguna manera, atravesamos la misma incertidumbre. Sin embargo, seguimos creyendo que somos distintos. Hablamos de paz mientras alimentamos la separación. Defendemos nuestras ideas como si fueran nuestra verdadera identidad.

La Bhagavad Gita nos invita a otra mirada: actuar con todo el corazón, pero sin quedar prisioneros del resultado. Hacer lo correcto no porque el mundo vaya a responder como esperamos, sino porque esa es la expresión natural de un corazón despierto.

En estos años acompañando personas a través del Yoga, el Reiki y la Meditación, comprendí que el verdadero maestro no es quien tiene más respuestas, sino quien aprende a permanecer en silencio cuando las respuestas desaparecen.

También yo me perdí muchas veces entre conceptos, métodos, filosofías y búsquedas. Hasta que entendí que aquello que estaba buscando nunca había desaparecido.

Porque el Ser no nace ni muere. No puede romperse con las pérdidas ni engrandecerse con los éxitos. Es el espacio silencioso desde donde observamos pasar la alegría y el dolor, el encuentro y la despedida, el comienzo y el final.

La práctica espiritual no consiste en escapar del mundo, sino en habitarlo con presencia.

Cada respiración es una oportunidad para regresar.

Cada dificultad puede convertirse en un maestro.

Cada encuentro es una posibilidad de reconocernos en el otro.

Por eso hoy no necesito saber exactamente hacia dónde me lleva la vida. Me alcanza con caminar despierta.

Confío en el Dharma, aunque no siempre comprenda su dirección.

Confío en que cada experiencia tiene un propósito para quien está dispuesto a aprender.

Y cuando todo parece derrumbarse, recuerdo las palabras que atraviesan toda la tradición del Yoga: no somos las olas; somos el océano que las sostiene.

Hasta que volvamos a encontrarnos... Porque el tiempo pertenece a la mente.
La distancia pertenece al cuerpo.
Pero la Conciencia permanece siempre aquí y ahora.

Le rindo honor a mi sabiduría interior. Aunque todavía no sepa hacia dónde me lleva la vida. Allí donde vaya, procuraré caminar con presencia, compasión y conciencia.

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