El venerable y anciano maestro y su puñado de fieles discípulos salieron a dar un paseo por el bosque en el que llevaban días de meditación, haciendo un retiro espiritual. Tuvieron así ocasión de ver diferentes ascetas, entregados a diferentes penitencias muy severas. Uno de los ascetas estaba colgado boca abajo de un árbol; otro se acostaba sobre espinos; otro se alimentaba de hierbajos.. -Estos ascetas, ¿obtienen méritos?-preguntó uno de los discípulos-, Porque tú nos has enseñado que el cuerpo es el templo del Divino y no debemos maltratarlo, sino cuidarlo. -Nadie puede saber qué hay en la mente y actitud de otra persona. Depende de si estas prácticas les ayudan a someter su ego. Siguieron paseando. Otro discípulo preguntó: -Tú nos hablas del ego. ¿quiere decir que tenemos que matar el ego? -Los peligros del ego son enormes- repuso apaciblemente el maestro-. El ego divide, enfrenta..Es la enajenada identificación con el cuerpo y con la mente, desencadena soberbia, afán de pos...
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