En esta época donde te muestran cómo despertarte, cómo lavarte los dientes, cómo respirar…
Donde hay profesores de Yoga o Reiki en pijama mostrando “algo” para llamar la atención…
Yo me pregunto:
¿No nos queda un poco de sentido común?
¿Todo tiene que ser explicado, enseñado, mostrado y convertido en contenido?
Hay cosas que no necesitan un tutorial. Necesitan criterio, educación y límites. No todo lo íntimo necesita ser público.
No toda informalidad es cercanía.
No todo lo espontáneo es auténtico. Y no todo lo que genera visualizaciones aporta.
También existe la dignidad de una profesión. La vestimenta, la presencia, la manera de hablar y de mostrarnos comunican.
No se trata de ser rígidos ni de vivir aparentando.
Se trata de preguntarnos:
¿Esto que estoy mostrando aporta realmente a mi enseñanza… o solamente estoy haciendo cualquier cosa porque “hay que crear contenido”?
Quizás, antes de enseñarles a otros cómo respirar,
deberíamos recuperar algo tan básico como pensar por nosotros mismos.
¿De verdad necesitamos que nos enseñen TODO?
Cómo despertarnos.
Cómo lavarnos los dientes.
Cómo respirar.
Cómo sentarnos.
Cómo tomar agua.
Cómo “conectar con nosotros mismos”.
Y ahora también tenemos profesores de Yoga y Reiki haciendo videos en pijama, mostrando su intimidad, su casa, su cuerpo o cualquier cosa que pueda generar una reacción.
Porque aparentemente, si no mostrás algo, no existís.
¿En qué momento confundimos enseñar con exponernos?
¿En qué momento la profesión perdió presencia, criterio y límites en nombre de “ser auténticos”?
Ser natural no significa ser desprolijo.
Ser cercano no significa perder la dignidad.
Ser espiritual no significa mostrarlo todo.
Y ser moderno no significa hacer cualquier cosa frente a una cámara.
Hay algo que extraño: el sentido común.
La capacidad de observar y pensar:
“Esto no hace falta mostrarlo.”
“Esto no corresponde.”
“Esto pertenece a mi intimidad.”
“Esto no dignifica mi profesión.”
No todo necesita convertirse en contenido. Y quizás el problema no sea que las personas necesiten que les enseñemos cómo respirar.
Quizás el problema es que dejamos de confiar en que pueden pensar por sí mismas.
Y nosotros también.
Porque cuando para conseguir atención tenemos que convertir cada minuto de nuestra vida en un tutorial, una escena o una exposición… tal vez ya no estamos enseñando.
Estamos simplemente intentando que nos miren.
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