VENIMOS DE FAMILIAS CUYA MANERA DE PEDIR PERDÓN ES HACER COMO SI NUNCA HUBIERA PASADO NADA…
Y quizá por eso aprendimos a tener miedo de hablar de aquello que nos lastimó…
Nos hicieron creer que perdonar significaba guardar silencio, que sanar era dejar atrás lo ocurrido y que amar consistía en evitar cualquier conversación que pudiera incomodar al otro…
Nadie nos enseñó realmente a reparar después de hacer daño…
Aprendimos a esquivar las conversaciones difíciles, a cambiar de tema y a continuar con la vida como si nada hubiera sucedido…
Bastaba con preparar la comida, poner una película o comportarnos normalmente para dar por terminado el conflicto…
Por eso, cuando llegamos a la adultez, muchas veces no sabemos cómo expresar aquello que todavía nos duele.
Nos cuesta decir:
“Lo que ocurrió me lastimó”.
“Necesito que puedas reconocerlo”.
“Esto todavía tiene un peso dentro de mí”.
Y, sin darnos cuenta, nuestros hijos también observan esa manera de relacionarnos.
Aprenden de lo que hacemos después de una herida: si buscamos reparar, si hablamos, si escuchamos o si simplemente esperamos que el tiempo borre lo ocurrido…
No necesitamos enseñarles que una familia nunca tiene conflictos.
Necesitamos mostrarles que después del conflicto también puede existir un encuentro, una conversación sincera y una reparación.
Porque, cuando somos madres o padres, también podemos repetir aquello que aprendimos.
Podemos evitar reconocer el daño que causamos, cerrar una conversación cuando nuestros hijos intentan hablarnos de lo que sintieron y esperar que el silencio termine haciendo el trabajo que nosotros no nos atrevimos a hacer…
Y, si nunca aprendemos a decir “me equivoqué”, nuestros hijos pueden crecer pensando que reconocer un error es demasiado difícil y que callar es la única manera de terminar una discusión…
Así se transmiten algunas de las heridas más silenciosas.
No heredamos únicamente lo que nuestros padres dijeron…
También podemos recibir aquello que nunca se habló:
— El enojo guardado…
— Las conversaciones pendientes…
— Las emociones que tuvieron que tragarse…
— Y esa costumbre de continuar adelante sin reparar lo que quedó abierto.
Romper esa cadena empieza por aprender nuevas palabras:
“Me equivoqué”.
“Entiendo que te dolió”.
“Quiero escucharte”.
“Esto me lastimó”.
“Podemos hablarlo”.
Nuestros hijos no necesitan que nunca nos equivoquemos…
Necesitan experimentar que un adulto puede reconocer el daño que causó, pedir perdón y hacer algo diferente después.
■ Porque sanar no consiste en borrar lo ocurrido.
Consiste en darle un lugar, poder hablar de ello y encontrar una manera distinta de continuar.
Y quizá una de las herencias más valiosas que podemos dejarles sea precisamente esa:
■ Enseñarles que después de una herida no siempre tiene que venir el silencio.
■ También puede venir la palabra, el reconocimiento y la reparación…
FRASE PARA ASENTAR
✨Hoy me permito hablar de lo que dolió, reconocer mis errores y abrirme a reparar aquello que quedó pendiente.✨
Si todavía te cuesta hablar de aquello que te dolió, si aprendiste a guardar silencio para evitar conflictos o llevas años esperando que el tiempo cierre heridas que nunca pudieron ser reconocidas…🌹
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